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9 de febrero de 2024 · 8 min de lecturaFe
Los niños preguntan por Dios cuando menos lo esperamos. Así acompañamos esas preguntas como colegio católico en Cajicá y Chía, con algunas ideas sencillas para vivir la fe en familia.

Hay preguntas que los niños hacen sin aviso, mientras se amarran los zapatos o justo antes de dormir: ¿dónde está Dios?, ¿Él me escucha?, ¿por qué rezamos? Parecen sencillas, pero guardan algo muy grande. En ellas late el deseo profundo de todo ser humano de saberse amado, acompañado y con un sentido para su vida.
Saber cómo educar en la fe a los niños empieza por ahí: por acoger esas preguntas con cariño y caminar con ellos en busca de las respuestas. Compartimos aquí cómo lo vivimos como colegio católico en Cajicá y Chía y algunas ideas sencillas para hacerlo en casa.
La fe no se impone: se contagia. A veces pensamos que educar en la fe consiste en enseñar oraciones de memoria o en explicar conceptos difíciles. Todo eso tiene su lugar, pero la fe se transmite, sobre todo, a través de la vida.
Un niño aprende a confiar en Dios cuando ve a sus padres dar gracias por el pan de cada día, cuando descubre que en casa se pide perdón y se perdona, cuando nota que los adultos que lo rodean encuentran en la oración un lugar de paz.
La fe es como una luz que pasa de una vela a otra. No hace falta ser perfectos para encenderla en los demás; basta con dejar que nuestra propia llama se vea, con sencillez y con verdad.
El hogar es el primer lugar donde un niño se encuentra con Dios. Allí aprende que es amado antes de hacer nada para merecerlo, y esa experiencia es, quizá, la mejor imagen del amor de Dios que podemos regalarle.
No se necesitan grandes gestos. Una bendición antes de salir de casa, un momento breve para dar gracias antes de comer, una conversación tranquila sobre lo que pasó en el día y lo que sentimos. Son hábitos sencillos que, con el tiempo, van sembrando en el corazón la certeza de que Dios está presente en lo cotidiano, no solo en los momentos solemnes.

La fe de un niño es delicada. Merece ser tratada con cuidado, sin miedos ni amenazas, sin convertir a Dios en un vigilante que castiga. Queremos que nuestros hijos y estudiantes conozcan a un Dios cercano, que ama, que perdona y que siempre da una nueva oportunidad.
Por eso conviene hablarle de Dios con palabras sencillas y con ejemplos de su propia vida: el perdón después de una pelea entre hermanos, la gratitud al final de un buen día. Son la forma en que un niño entiende quién es Dios antes de poder explicarlo.
Educar con ternura también significa aceptar las dudas. Cuando un adolescente cuestiona lo que ha recibido, no está necesariamente alejándose; muchas veces está buscando hacer suya una fe que hasta entonces había sido prestada. Acompañar ese momento con escucha y sin juicios es uno de los mayores regalos que podemos ofrecerle.
No hace falta un método. Estas ideas caben en cualquier semana:
En el colegio queremos acompañar a las familias en esta tarea tan hermosa. No pretendemos reemplazarlas, sino caminar a su lado. En las aulas, en las celebraciones, en los momentos de reflexión y también en los recreos, buscamos que nuestros estudiantes descubran que la fe no es algo separado de la vida, sino una manera de mirarla con esperanza.
María, madre y educadora, nos enseña a hacerlo con paciencia: ella guardaba las cosas en su corazón y las meditaba. Así queremos educar, sin prisas, escuchando, respetando los tiempos de cada niño y de cada joven, confiando en que la semilla sembrada con amor siempre da fruto, aunque no siempre lo veamos enseguida.
En el Gimnasio Santamaría de la Sabana, la fe se vive dentro del horario, con los mismos compañeros y profesores de cada día:
Conoce cómo se vive la fe en cada etapa en formación católica. Y si estás buscando colegio, nuestra guía Colegios en Cajicá: cómo elegir el mejor para tu hijo te ayuda a comparar con calma.
Educar en la fe no es solo algo que hacemos por nuestros hijos y estudiantes; es también un camino que nos transforma a nosotros. Al intentar transmitir lo que creemos, volvemos a descubrirlo, lo renovamos y lo profundizamos. Muchas veces son ellos, con su mirada limpia y sus preguntas sinceras, quienes nos devuelven al asombro y a la confianza.
Que en este camino compartido entre familia y colegio podamos sembrar con paciencia, acompañar con amor y confiar siempre en que Dios hace crecer lo que ponemos en sus manos.
Sobre todo con el ejemplo: la fe se contagia más de lo que se enseña. Ayudan los hábitos sencillos, como dar gracias antes de comer o rezar juntos al final del día, y acoger con cariño las preguntas que hacen sobre Dios.
Con palabras sencillas y con la verdad, presentándole a un Dios cercano que ama, perdona y da nuevas oportunidades, nunca a un vigilante que castiga. Si no sabes responder una pregunta, busquen juntos la respuesta.
Rezando con ellos. Unos minutos al final del día, con palabras propias y dando gracias por algo bueno que haya pasado, enseñan más que memorizar oraciones. Las oraciones aprendidas también tienen su lugar, y llegan mejor cuando ya hay un hábito.
Acompañarlo con escucha y sin juicios. Muchas veces, cuando un adolescente cuestiona lo que ha recibido, no se está alejando: está buscando hacer suya una fe que hasta entonces le habían prestado.
Dentro del horario escolar: Misa con su curso cada semana, clase de formación en la fe, preparación para la Primera Comunión en comunidad, grupos de formación según la edad y talleres para padres.
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